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Alguien te mira...

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Por un momento, la casa se inundó en una inmensa tranquilidad, como si nada hubiera pasado con mi hermana, su fantasma debajo de la cama y que de vez en cuando jugaba con el techo de su cuarto. Así pasaron varios años, hasta que mi abuela, quien vivía en el primer piso, se mudó a otro hogar. Ese día, mi padre hizo la siguiente pregunta: quién dormirá allá arriba. Mi hermana mayor respondió: Yo no; mi segunda hermana dijo: ¡Yo, ni loca! y, aunque no con muy grato rostro, me preguntó: ¿Y tú, Dulce, quieres estar allá arriba?, a los cual respondí: ¡Por su puesto que sí!

Cómo decir que no, si era la posibilidad ideal de tener mi propio cuarto, con mi computadora, libros, obras de arte, muñecas, pinturas y mil y miles de cosas más. Iba a cumplir quince años, así que era el regalo ideal de toda una señorita en su adolescencia: ¡Tener absoluta intimidad!

En ese momento, a causa de la emoción, no pensé por qué mis hermanas mayores habían dicho que no querían la parte de arriba, de verdad que…

Entre fantasmas

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Dormía con mi mamá, creo que fue la mayor parte de mi niñez ya que mis hermanas (quienes me llevan 8 años de edad) comenzaron a entrar en la adolescencia, hormonas agitándose por el cerebro pidiéndoles un poco de privacidad. En la casa, solo había dos cuartos, así que yo, la menor, tuve que acomodarme en el espacio derecho de la cama matrimonial que estaba solo desde que mi papá decidió emprender una nueva vida.

A pesar de que mis cosas ahora las guardaba entre gavetas de ropa íntima, medias y medicamentos, en verdad no me molestaba dormir con mi mamá, además creo que fue la mejor opción si lo comparamos con las visiones que tenía mi hermana mayor, quien a golpe de las doce de la noche, bajaba corriendo por las escaleras verdes de metal, pasaba por la entrada del baño, bajaba otras escaleras que daban a la cocina y casi volaba por el pasillo hasta entrar al acogedor cuarto de mi mamá, donde abría el armario, sacaba una fina sábana y dormía en el piso, justo al lado derecho de la cama.

Primer encuentro formal en la casita del terror

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Tiempo: Hace 7 años
Lugar: azotea de la casa
Hora: mañana

Esas fueron las preguntas que me hizo una espiritista cuando tenía 15 años de edad, último recurso que usó mi familia al verme actitudes extrañas que no pudieron ser explicadas por psicólogos y psiquiatras.

¿Qué si lo recuerdo con exactitud? jajaja, me le reí efusivamente a la experta en hechos del más allá. Todo comenzó cuando jugaba con mi barbie ojos de diamante en la parte que no tenía techo de la azotea. La sumergía en una gran ponchera anaranajada que en mi imaginación lucía como una espectacular piscina, la cual brillaba de majestuosidad cuando se le combinaba con el traje de baño rosado y el cuerpazo de mi muñeca.

Ese juego inocente fue interrumpido por la voz de una mujer que, muy suavemente, me llamaba. Debo confesar que no le hacía mucho caso, ya que pensaba que era mi mamá que quería que bajara inmediatamente del lugar; pero la voz continuaba hasta que paraba en seco.

Al día siguiente, jugaba mi diversión fa…

Orgasmos

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       Nunca fui una niña normal, eso creo que ya lo han notado. Tanto así que cuando jugaba con mis barbies y mis Kens nunca me imaginaba que ellos eran los actores del cuento de la casita, el matrimonio y la historia feliz, más bien me imaginaba conflictos de pareja, amantes, sexo oportuno y celos, celos y más celos como los que vivía mi mamá junto con mi padre, quien -desde que tengo uso de razón- se caracterizó por tener ese don de conquistador.

Así que mi mundo Barbie, conformado por su cocina, cuarto, carro, cabaña y piscina, cuya construcción en el piso de la sala tardaba 4 horas exactas, lo dedicaba a encuentros amorosos entre una simpática vecina morena de cabellos largos y lacios que entraba al área de la piscina y, sin querer, mostraba sus pechos al excitado Ken, quien apenas veía a Barbie salir de la casa, hacía el amor de forma loca, apasionada y salvaje con ese ser tentador.

Estas historias se alimentaban con escenas de la novela de la tarde que tanto veía mi m…

Cuando conocí el poder del fuego

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Como lo del suicidio no resultó, inventé otra forma de escapatoria: convertirme en una niña introvertida, seria, de pocas palabras, como señal de protesta a esta vida que para nada me atraía, ya que sabía cuál iba ser su historia y su fin.

Sola, quería estar sola en los pequeños espacios de la casa que quedaban tranquilos en la tarde cuando mis hermanas se iban al liceo. Esa falta de ruido me animaba a fantasear otras vidas, otros nombres, otros paisajes...Para ello, mi vista quedaba fija viendo algún punto de la pared de la cocina, y ese punto se convertía en un túnel de escapatoria.

¡Dulce, Dulce, Dulce!, gritaba mi mamá, haciéndome salir del transe. ¡Esta niña si es rara!, se repetía una y otra vez, mientras encendía la hornilla con un papel de panadería que había prendido con un fósforo. Lo que más me gustaba de esa escena era ese color azul cautivante, ese azul que se apropia de mis actuales dibujos y pinturas.

Yo quería que esa tonalidad estuviera más tiempo conmigo, así q…

Parte de mi vida o la casita del terror

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Sé que estás líneas emocionarán algunos, ya que varios me lo han pedido. Aquí les contaré la historia de mi vida que muchos desconocen...




Sin pensar, sin meditarlo, entré a la cocina: baldosas blancas con decorados rojos encerraban un espacio cubierto por un techo blanco, una nevera Geneneral Electric de una puerta, una lavadora usada, una mesa blanca con bordes rojos para picar las verduras y dos banquitos vinotinto. Lo recuerdo como si fuera ayer... una imagen fotográfica que viene a mi mente desde que tenía 15 años, pero no fue a esa edad en que ocurrieron los hechos, sólo que al ser quinceañera evoqué ese instante que me hace pensar que mi vida tiene un significado extraño, misterioso, porque para algunos no es normal que una niña se fije en un cuchillo de cortar carne, grande, grueso, afilado con mango de madera opaco esperando por mí sobre la mesa diseñada para desayunar.

Lo agarré con mi mano derecha, me le quedé viendo fijamente, luego estiré mi brazo izquierdo, viendo las venas…

Parte V: Fin del secuestro o por qué duré tiempo sin salir del país

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"¡Como se ve que no sabes con quién estás hablando!", la estúpida frase que en esa época me salía cuando se me disparaban los tapones. ¡Yo soy periodista y todo lo que están haciendo aquí lo sabrán cuando esté de vuelta en Venezuela! Y cómo se supone que estarás si no tienes cómo salir. Entonces me quedaré aquí, comeré aquí, viviré aquí, seré tu pesadilla. Voy a llamar ya para que te saquen. ¡Hágalo! ¡Bueno, ya basta, esto no parece un consulado, sino una gallinera! Me presento, soy Eddy y soy arubeño, si necesitan saber lo que dice el documento de la policía, se lo puedo traducir sin problema, pero solucionemos esto lo más rápido posible. No es la falta de un traductor, es que ese documento debe estar legalmente traducido al español. Se lo estoy pidiendo de por favor. Yo le estoy diciendo de por favor que no podemos hacer nada, y de paso la cónsul no está, por lo que su amiga perderá el vuelo y tendrá que venir la semana que viene para ver qué se puede hacer, además, no es…