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El poder de las ánimas

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Risas, burlas, intrigas fueron algunas de las cosas que produjo mi corte de cabello repentino entre las personas del colegio, el cual solo aceptaba como estudiantes a personas del sexo femenino.

Por lo cual, se pueden imaginar que estudiar el bachillerato no fue una experiencia de travesuras o aventuras dignas de la adolescencia, más bien una etapa para conocer el lado más terrible de las mujeres.

Envidia, chismes, anorexia, bulimia, lesbianismo, embarazo prematuro fueron parte de mi día a día desde los 12 hasta los 16 años de edad. Características, sentimientos, adjetivos que me ayudaron a definir una posición que rechaza el maquillaje, el acto de tener amigas y el hecho de tener sexo sin protección.

En ese ambiente que definiría simplemente como de "víboras", me convertí en el centro de atención, no solo por las buenas notas, sino por mi decisión de tener una apariencia desaliñada y de evitar relacionarme con alguna de esas especímenes.

Por lo cual, ya podrán entender que …

Entre ánimas

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La pesadez se apoderó del día. La luz se convirtió en la forma perfecta para apagar cualquier indicio de ánimo, de alegría, pero a partir de que el sol le daba paso a la luna, mi cuerpo se llenaba de una exquisita energía que entraba primero por mis pies y luego se iba apoderando lentamente de mis piernas, pecho, brazos y ojos, especialmente, mis ojos.

Esos ojos que veían las paredes, los cuartos, los paisajes nocturnos con colores intensos, mientras que mi imaginación y creatividad vibraban en su máxima expresión. Otras de las virtudes que había mejorado era la capacidad de escucharlos, la cual se afinaba aún más a medida de que pasaban las horas, logrando que sus rezos, sus conjuros, sus llantos se hicieran parte de mis noches.

¿Qué si les tenía miedo? No, claro que no, si ya era parte de ellos, de esos entes quienes me permitían caminar por los pasillos de la casa sin necesidad de prender las luces artificiales, que me ayudaban a sentirme más poderosa que otros mortales, que me e…

Dormir con los muertos

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Imagínate que estás despierto en la cama, solo viendo el techo blanco de tu cuarto. Después de unos minutos, escuchas que alguien roza la ventana de madera, ubicada al frente de la habitación. El sonido se repite varias veces, así que te sientas, estiras las piernas, colocas los pies en el piso y te diriges a ver qué está haciendo sonar la ventana. Cuando la abres, miras un pasillo oscuro tanto del lado izquierdo como del derecho, todo silencioso y tranquilo; pero cuando quieres cerrar la ventana, no lo puedes hacer... algo te lo impide, tratas y tratas, así que esta vez lo haces con más fuerza y cuando por fin lo logras, aparece la sombra de una persona, una sombra que se hace más humana, más real, allí justo a tu lado izquierdo. ¿Qué haces?: te paralizas, corres o gritas. No sabes, claro que no lo sabes porque tienes que vivirlo para saber cómo tu cuerpo reaccionaría ante tal hecho.

Pero vamos a agregarle algo más, imagínate que cierras los ojos como si la imagen que vistes desapare…

Alguien te mira...

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Por un momento, la casa se inundó en una inmensa tranquilidad, como si nada hubiera pasado con mi hermana, su fantasma debajo de la cama y que de vez en cuando jugaba con el techo de su cuarto. Así pasaron varios años, hasta que mi abuela, quien vivía en el primer piso, se mudó a otro hogar. Ese día, mi padre hizo la siguiente pregunta: quién dormirá allá arriba. Mi hermana mayor respondió: Yo no; mi segunda hermana dijo: ¡Yo, ni loca! y, aunque no con muy grato rostro, me preguntó: ¿Y tú, Dulce, quieres estar allá arriba?, a los cual respondí: ¡Por su puesto que sí!

Cómo decir que no, si era la posibilidad ideal de tener mi propio cuarto, con mi computadora, libros, obras de arte, muñecas, pinturas y mil y miles de cosas más. Iba a cumplir quince años, así que era el regalo ideal de toda una señorita en su adolescencia: ¡Tener absoluta intimidad!

En ese momento, a causa de la emoción, no pensé por qué mis hermanas mayores habían dicho que no querían la parte de arriba, de verdad que…

Entre fantasmas

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Dormía con mi mamá, creo que fue la mayor parte de mi niñez ya que mis hermanas (quienes me llevan 8 años de edad) comenzaron a entrar en la adolescencia, hormonas agitándose por el cerebro pidiéndoles un poco de privacidad. En la casa, solo había dos cuartos, así que yo, la menor, tuve que acomodarme en el espacio derecho de la cama matrimonial que estaba solo desde que mi papá decidió emprender una nueva vida.

A pesar de que mis cosas ahora las guardaba entre gavetas de ropa íntima, medias y medicamentos, en verdad no me molestaba dormir con mi mamá, además creo que fue la mejor opción si lo comparamos con las visiones que tenía mi hermana mayor, quien a golpe de las doce de la noche, bajaba corriendo por las escaleras verdes de metal, pasaba por la entrada del baño, bajaba otras escaleras que daban a la cocina y casi volaba por el pasillo hasta entrar al acogedor cuarto de mi mamá, donde abría el armario, sacaba una fina sábana y dormía en el piso, justo al lado derecho de la cama.

Primer encuentro formal en la casita del terror

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Tiempo: Hace 7 años
Lugar: azotea de la casa
Hora: mañana

Esas fueron las preguntas que me hizo una espiritista cuando tenía 15 años de edad, último recurso que usó mi familia al verme actitudes extrañas que no pudieron ser explicadas por psicólogos y psiquiatras.

¿Qué si lo recuerdo con exactitud? jajaja, me le reí efusivamente a la experta en hechos del más allá. Todo comenzó cuando jugaba con mi barbie ojos de diamante en la parte que no tenía techo de la azotea. La sumergía en una gran ponchera anaranajada que en mi imaginación lucía como una espectacular piscina, la cual brillaba de majestuosidad cuando se le combinaba con el traje de baño rosado y el cuerpazo de mi muñeca.

Ese juego inocente fue interrumpido por la voz de una mujer que, muy suavemente, me llamaba. Debo confesar que no le hacía mucho caso, ya que pensaba que era mi mamá que quería que bajara inmediatamente del lugar; pero la voz continuaba hasta que paraba en seco.

Al día siguiente, jugaba mi diversión fa…

Orgasmos

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       Nunca fui una niña normal, eso creo que ya lo han notado. Tanto así que cuando jugaba con mis barbies y mis Kens nunca me imaginaba que ellos eran los actores del cuento de la casita, el matrimonio y la historia feliz, más bien me imaginaba conflictos de pareja, amantes, sexo oportuno y celos, celos y más celos como los que vivía mi mamá junto con mi padre, quien -desde que tengo uso de razón- se caracterizó por tener ese don de conquistador.

Así que mi mundo Barbie, conformado por su cocina, cuarto, carro, cabaña y piscina, cuya construcción en el piso de la sala tardaba 4 horas exactas, lo dedicaba a encuentros amorosos entre una simpática vecina morena de cabellos largos y lacios que entraba al área de la piscina y, sin querer, mostraba sus pechos al excitado Ken, quien apenas veía a Barbie salir de la casa, hacía el amor de forma loca, apasionada y salvaje con ese ser tentador.

Estas historias se alimentaban con escenas de la novela de la tarde que tanto veía mi m…